SEO PARA EL MÁS IDIOTA

Soy masoquista. Lo confieso, me gusta el dolor que me produce cursar el Master SEO Expert de InternetAcademi. No tuve bastante con el DiBex (Digital Business Executive Program) y me reenganché. Soy así -y eso que el señor Miranda me escrutaba con ojos de estupefacción, como advirtiéndome sobre mi torpeza. Tenía que haber hecho caso a esa mirada. El SEO resulta complicado y me hace sentir más consciente de mi ignorancia. En este sentido, mi entrada en la nueva era SEO ha supuesto una auténtica transformación y ha servido para algo. Se han disipado todas las dudas. Tengo cada vez más claro el largo camino que me queda para convertirme en “el Rey del Contenido”. De hecho, me conformaría con llegar al nivel ‘Bufón de la Corte del Rey del Contenido’.

A pesar de todo, no podía dejar pasar la ‘Diada de Sant Jordi, el llibre i la rosa’, para recomendar un libro fundamental para las personas interesadas en el SEO o en la producción y posicionamiento de contenidos para buscadores. ‘Search Engine Optimization for Dummies’ de Peter Kent es el manual imprescindible para cualquier vaquero dispuesto a domar a la bestia del SEO en los motores de búsqueda.  Se trata del SEO explicado de forma sencilla y comprensible para más idiota de la clase.

SEO para el más Idiota

Como darse cuenta de que la ignorancia no tiene fronteras

 

 

Espero que les guste.

PRIMULA MINIMA

 

Una visión sobre La Pesca del Salmón en Yemen por @CarlesMontana

‘La Pesca del Salmón en el Yemen’ es una ‘Primula Minima’ http://en.wikipedia.org/wiki/Turracher_H%C3%B6he_Pass , una flor que crece en los Alpes austríacos en la región Salzkammergut. Se trata de una especie de color lila pálido, conocida también como ‘Rosita de la Nieve’. Sin embargo, su belleza es fugaz. Tan pronto como brota, florece, eclosiona y muere. A la mosca del pescado le pasa lo mismo, su vida resulta breve y nada intensa.  

Puedo decir que tras leer ´La Pesca del Salmón en el Yemen’ de Paul Torday me he pasado a la carne. Algunos escritores anglosajones son irónicos y sarcásticos, escriben novelas con algún que otro taco, aunque Paul Torday no es uno de ellos. Suelen tener garra, suelen ser unos auténticos genios de las tramas, tienen vueltas de tuerca imprevistas y saben captar la atención del lector. Pero en esta ocasión, debo decir que este pescado me ha sentado mal.

Torday ha escrito un libro ñoño, formalmente perfecto, que si bien atrapa en alguna de sus páginas, languidece a cada palabra. Es como cuando estás triste y te pones un video motivacional en youtube de un chaval koreano que supuestamente ha pasado toda la vida en la calle y luego llega a un programa de talentos musicales y canta como Farinelli y lloras de la emoción.

He echado de menos frases contundentes de puro orgullo británico, que sí encontramos en In the Loop del tipo: “Necesito un rabo de repuesto, rápido. Soy el mejor, si nadie me la chupa inmediatamente me va a estallar la polla de satisfacción”. Pero no, a través de las 317 páginas de la edición en lengua inglesa, Torday llega a narrar un sueño erótico que sus personajes definen como “casi real” y luego el personaje principal, Alfred Jones, explica su vida así: “navego por aguas desconocidas y mi antigua existencia queda en una orilla distante”.

Sin embargo, Torday consigue algo extraordinario. El intercambio de correos electrónicos supone un logro. Y las descripciones que hace de las sesiones de control en Westminster están muy bien recreadas.

El director de comunicación, Peter Maxwell, me parece uno de los personajes más conseguidos de toda la novela. Sus ideas son ridículas. El problema radica en que él mismo considera que resultan absolutamente geniales. El capítulo sobre el programa de televisión para vender el concepto de democracia y para potenciar al primer ministro es genial. Y cuando lo vende ante sus jefes resulta aún mejor. Otro buen momento lo constituye cuando Maxwell atribuye la idea del proyecto que configura la misma espina dorsal del libro y que, en su mente, sólo tiene que servir para una buena foto. Estas pinceladas definen perfectamente la pantomima esquizofrénica y el esfuerzo desesperado en la que muchas veces convivimos los políticos, los asesores de comunicación y los medios.  Como reflexiona uno de los personajes de Torday: Credo, quia impossibile est. Me lo creo, porque resulta imposible.