PAPÁ Y LA GUERRA COLONIAL

“El periodismo es nauseabundo”, me dijo mi amigo Álvarez mientras “carveábamos” un poco con nuestras “longboards” sobre el asfalto del Retiro. Era un buen día y disfrutábamos del sol. Pero, claro, sonreíamos desde hacía mucho rato y yo no estaba atento, me lo estaba pasando demasiado bien. Supongo que lo comentó porque se sentía mal. Álvarez es de esas personas que necesita que te vaya peor que a él para poder sentirse mejor que tú, aunque los dos acabéis bien jodidos. Hay gente así, “personas humanas sin ningún humanismo humanitario”. Sin embargo, es cierto, el periodismo es un estercolero. Más que el periodismo, la vida periodística.
Estos días intento avanzar con un libro que novela la vida periodística y sus lugares comunes. Debatiremos sobre él en el Breviario el próximo nueve de abril. A veces resulta necesario verlo todo desde fuera para ratificar lo que uno intuía o pensaba atolondradamente. El periodismo incluye náusea, estiércol y mierda líquida a litros. Y lo peor de todo, esa combinación me ha dado de comer.
Me acordé del libro “La Increíble Historia de Lavinia” de Bianca Pitzorno e ilustraciones de Quentin Blake, editado por Anaya. En esa obra una niña mendiga, vendedora de cerillas en la calle, encuentra a un hada que le entrega un anillo. El abalorio convierte en bosta todo lo que su dueño quiera. Se la han leído mis hijos Martín y Beatriz. Al mayor le ha gustado. La pequeña no ha mostrado ningún interés. “No me interesa la caca, papá”, me respondió. La historia pretende dejar claro que no se debe juzgar a nadie ni nada por las apariencias por mucho que su aspecto sea el de un excremento porque puede encerrar un tesoro. Debe ser eso cuando los campeones del optimismo se crecen ante la adversidad y afirman rotundos que una crisis supone una oportunidad. Sí, de las deposiciones humeantes también se pueden sacar grandes enseñanzas.
Robot-mimo
Tras esa epifanía en el parque al llegar a casa comprobé que las cosas, por suerte, seguían igual. El bebé Elvis echaba una siesta, mi mujer me miraba de soslayo y Martín y Beatriz jugaban en su habitación. Al principio no me sorprendió que utilizaran términos como “guerra civil”. La Guerra de las Galaxias es un pozo de sabiduría infantil. Sin embargo, me chocó que emplearan palabras como “guerra colonial”. Pensé que teníamos que reponer la televisión, fallecida recientemente, de inmediato. Espié por la puerta entornada y un olor a chicle de fresa y piña concentrado me tumbó de golpe. Comprobé asombrado como se lanzaban colonia infantil con unos frasquitos que les regalaron hace ya tiempo. Lo más salvaje fue ver que el perdedor estaba obligado a convertirse en el “robot-mimo”. Si hacer de mimo puede resultar humillante, compaginarlo con movimientos mecánicos complica aún más las cosas. Necesitamos una televisión ya. Beatriz me enseñó un catálogo hace unos días y me dijo que le gustaba una que era igual que la de la abuela. Cuánta razón. Elvis is alive y el que no lo crea que se pase por casa.

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